Parafilias: Perversión o Diversidad?

 

 

 

¿Son las parafilias un indicativo de desequilibrio o enfermedad mental? ¿Esconde la mente del parafílico un perfil perverso y oscuro, incompatible con la normalidad? ¿Si me excitan cosas fuera de lo común, “soy un desvidado”?

 

Analicemos la cuestión más de cerca:

 

Existe una delgada línea que diferencia al fetichista erótico sano, del parafílico enfermo:

 

El primero se caracteriza por excitarse con objetos, situaciones, actividades o individuos catalogados como atípicos. Es decir, ocurre cuando no seguimos el patrón e comportamiento sexual que predomina en la sociedad en la que vivimos.

No es patológico no seguir la norma siempre y cuando nuestras actividades sexuales no lastimen a uno mismo o a terceros, sean consentidas y no sean la única forma de excitación sexual.

 

En cambio, los segundos se identifican por mostrar dificultades en el autocontrol, dejándose llevar y pudiendo producir daños no consentidos a uno mismo o a otros. Así mismo esta actividad se muestra como la única fuente de posibilidad erótica a la cual reaccionan.

 

Pero cuidado, el concepto de la parafilia ha sido muy plástico hasta ahora en el sentido de que se ha regido por las convenciones culturales, religiosas y sociales.

Es por ello que el concepto no representa unos pilares sólidos y fijos sino que ha ido variando en función de la evolución de la sociedad a la que ha pertenecido el sujeto juzgado por sus actividades sexuales.

 

¿Qué quiere decir eso? Que donde dije digo, digo Diego. Por ejemplo, hasta mediados del siglo XX en Europa, ciertas prácticas sexuales como el sexo oral o la masturbación fueron consideradas y catalogadas como parafilias, y en realidad lo eran, dado el significado del término de la época, ya que eran comportamientos realizados por una minoría de la población por considerarse actos lujuriosos y perversos, y no existían más términos diferenciales de a conducta sexual (o tenías prácticas normales o patológicas).

El concepto del fetiche aparece más tarde como una necesidad de última hora para crear la diferencia entre la actividad alternativa sexual sana y la patológica.

 

Es decir, lo que hagan pocos está fuera de la norma (normalidad) y por lo tanto, fuera  de lo que cabe esperar, pero ello no implica patología psicológica de por si, ya que debe cumplir alguna transgresión de la voluntad o perjuicio para poder identificarlo como tal.

 

Por otra parte, está el concepto peyorativo de la palabra. Son comportamientos realizados por pocos por la identidad cultural que se les atribuye. En si, mientras no sean perjudiciales o dañinas para terceras personas o para el propio sujeto que las practica, estos comportamientos no tienen por que ser nocivos. Sin embargo, si la sociedad los tacha bien por condicionamientos religiosos o éticos del momento, de inapropiados o sucios,  es cuando les atribuimos el concepto perverso que ennegrece su práctica.

De hecho no podemos separar cultura de sociedad y por lo tanto, religión de individuo. Ésta ha marcado fuertemente los comportamientos esperables de una persona decente y los que no. Y es por eso que el concepto de parafilia ha ido evolucionando, desde englobar toda práctica sexual poco habitual, a poco a poco, acabar perfilando conductas claramente identificables como psicopatológicas y así es como finalmente han acabado catalogándose en los manuales actuales de salud mental.

 

Así que quizás el quid de la cuestión no sea lo que hacemos sino el quien nos juzga. Como de grande es tu lupa y los prejuicios que ésta esconde.

 

Ángela Gual.