El Efecto Placebo, El Efecto Pigmalión y el Efecto Galatea. ¿Les damos la importancia que se merecen?

 

Existen multitud de estudios que demuestran cómo nuestras creencias y expectativas pueden influir de forma abrumadora en nuestra biología. De sobra son ya conocidas las relaciones entre mente y cuerpo y las consecuentes somatizaciones que ésta provoca a su antojo, sin que pueda fundamentarse orgánicamente.

 

Pero, ¿Cómo puede ocurrir esto? ¿Cómo la psique puede lograr reacciones físicas incluso contrarias al efecto natural del organismo? Los cigarrillos… ¿excitan o relajan? ¿relajan? ¿estáis seguros? Porque la nicotina es un excitante natural muy potente…

Y por ello me planteo, ¿le damos demasiada poca importancia a lo que pensamos y sentimos, es decir, a las consecuencias de dejarnos llevar por nuestros miedos y expectativas al alimentarlos sin freno alguno? Teniendo en cuenta que tienen un poder tan relevante en nuestro cuerpo, y que retroalimentan nuestras emociones, produciendo efectos concretos en nuestro organismo de forma secuencial, ¿Tendríamos que cuidar más lo que nos decimos a nosotros mismos? Veamos más de cerca cómo funciona este proceso:

psicóloga mallorca

 

La palabra Placebo, que significa “Complaceré” en la lengua latina, representa cómo se suceden de forma real una serie de reacciones fisiológicas, es decir, del propio cuerpo,  a consecuencia de una terapia física, psicológica/ medicación que no tiene principios activos auténticos, pero que sin embargo, el individuo si cree que los tiene.  Las expectativas del paciente sobre la terapia y la confianza que éste deposita en los resultados esperados, son suficientes para desencadenar una serie de reacciones físicas que propician dicho resultado, a pesar de no existir componentes físicos que lo respalden orgánicamente.

 

Así, un condicionamiento cognitivo y emocional favorables al tratamiento o a las argumentaciones que apoyan la causa mejorarán los resultados independientemente de su eficacia real.

La mente, crea todo lo que necesita para que el cuerpo responda de la forma esperada, aún sin material “real” que le sirva de sustento. Increíble.

También se ha demostrado que para que este efecto se de, el sujeto tiene que estar informado de que va a ser “tratado” (no existe efecto placebo en personas anestesiadas, desinformadas o cerebropáticos), por lo que la conexión entre mente consciente y cuerpo queda totalmente ligada.

 

¿Habéis oído hablar de la sugestión o la hipnosis? Las palabras son como balas, y penetran en la psique modificando la percepción del sujeto y por lo tanto la realidad que vive. Cuidar las palabras es clave para crear la realidad en la que se sumerge la persona. ¿Quién no ha visto por la tele intervenciones quirúrgicas sin anestesia, partos sin dolor, personas que se olvidan de su nombre o que se vuelven más rígidas que una tabla? Es el lado más exhibicionista y teatral de unos efectos físicos inducidos por la psique, correctamente introducidos por las palabras precisas, las expectativas y las creencias referentes a la situación y al contexto.

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Numerosos estudios relacionan estrechamente el efecto placebo con las personas que se sienten bien atendidas, es decir, que contra más confianza tengan en su interlocutor, más cálido sea éste y más seguridad le transmita al sujeto, más creerá en sus palabras y más se adentrarán en su psique, aceptando validando los efectos comentados.

 

De alguna manera, el adiestramiento, las experiencias emocionales, las expectativas, las atribuciones, las autopercepciones y las creencias intervienen sobre las regiones del paleoencéfalo (la parte filogenéticamente más antigua del cerebro), y sobre las reacciones inconscientes, produciendo efectos fisiológicos medibles de forma concreta.

 

El Efecto Pigmalión, al igual que el Efecto Galatea, tienen mucho que ver con el Placebo y su forma de ejercer;

 

“El rey de Creta, Pigmalión, buscaba a su mujer ideal. Ante sus dificultades para encontrarla, optó por esculpir a una mujer que reflejara todos los valores que él deseaba: Belleza, nobleza, sensibilidad, ternura… Cuando terminó, era tan perfecta que se enamoró perdidamente de ella. Viendo el profundo amor que sentía Pigmalión, la diosa Afrodita dio vida a la escultura. Así nació Galatea.”

 

La pasión con la que Pigmalión elaboró a  Galatea acabó siendo la causa de que ésta cobrara vida y se convirtiera realmente en su mujer ideal. Esta historia nos enseña dos importantes lecciones: la primera, el gran poder que tienen las expectativas de alguien importante respecto a los demás, que se denomina efecto Pigmalión, es decir, que si me tienes en consideración y  tengo una idea firme sobre cómo te vas a comportar tú y te la hago saber, te influenciaré en esa dirección. Así, si pienso que eres capaz, inteligente y brillante, tus resultados se verán mejorados de forma real, y de forma incrementada versus si no supieras lo que pienso de ti. Por otro lado, si te insinúo que pienso que eres un inútil, un fracasado, tus posibilidades disminuyen solo por el hecho de habértelo comentado, sin que haya una justificación física o cognitiva que lo respalde.

 

Por el otro, la fuerza que tienen las convicciones sobre nuestro propio éxito o fracaso, es el llamado Efecto Galatea. No es una novedad que cuanto más convencidos estamos de ser capaces de hacer algo, mayor es la probabilidad de lograrlo. Soy lo que creo que soy, así lo reflejo en los demás, y así lo entienden los demás de mi. Si tengo baja autoestima y dejo que los demás me traten mal, estoy proyectando ese autoconcepto y los demás no pueden hacer otra cosa (o si) que comportarse en consecuencia, pisándome y teniéndome en poca consideración, que es lo que hago yo. En cambio, si siento que soy un león, poderoso y temido, generaré no solo un aura de potencia hacia los demás, que acatarán mis mandatos y  me respetaran, sino que yo mismo me sentiré con el derecho y la capacidad de llegar a donde me proponga, sin respetar límites ni pausas.

 

Psicóloga Mallorca

“Según algunos textos autorizados de técnica aeronáutica, el abejorro no puede volar debido a la forma y el peso de su cuerpo en relación con la superficie de sus alas. Pero el abejorro no lo sabe y sigue volando”.

 

 

 

Ángela Gual.